It's a sunny afternoon, and the petting zoo across from the local supermarket has attracted more people than usual. Children and parents alike are pressed against the wooden fence, some leaning over with their arms outstretched. I take out one of the carrots I brought for the occasion and offer it to a piglet, hoping to attract its attention so I can pet it. For some reason, I always feel the need to connect physically with animals. The desire to touch and pet them is almost instinctive.
Y no soy la única. Observo a los niños, con los ojos bien abiertos y que gritan de placer cuando uno de los lechones acepta sus regalos y consiguen acariciarle en la mejilla o la cabeza. Veo a los adultos reír con afecto cuando el animalito engulle la comida sin pensar, haciendo caso omiso de las manos infantiles que lo rodean. Me fijo en la atención que recibe una vaca solitaria, a la que llaman desde todas partes. Cuando, sin motivo aparente, escoge mi manojo de hierbas, siento que me embarga la ternura. Le acaricio la nariz aterciopelada, mientras los niños se acercan para tocarle la cabeza y el cuello.
The chickens also arouse interest and amusement. Children squat down to pass breadcrumbs through the openings in the fence, grinning from ear to ear as the birds peck at the ground and, occasionally, stop and look down at the crowd with their heads tilted. Predictably, onlookers comment on how adorable the downy chicks are, chirping and hopping about aimlessly.
Es algo digno de ver. Los niños ríen y aplauden, las madres y los padres sonríen y todo el mundo está decidido a tocar y a ser tocado por los cerdos, las vacas y las gallinas. Sin embargo, estas personas que sienten el impulso incontenible de entrar en contacto con los animales y que, de niños, quizás lloraron al leer Charlotte’s Web* y dormían abrazados a sus cerdos u ovejas de peluche, esas mismas personas pronto ser irán al supermercado con las bolsas cargadas de ternera, jamón y pollo. Esas personas, que sin duda se lanzarían al socorro de cualquiera de los animales del corral si le vieran sufrir, por algún motivo no se indignan por el hecho de que 10.000 millones de ellos sufran innecesariamente cada año en los confines de una industria que no debe responder de sus acciones.
¿A dónde ha ido a parar la empatía?”.
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Extraído del libro: “Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas”, de Melanie Joy. Editorial Plaza y Valdés.
* American children's novel that tells the story of the friendship between a piglet and a girl named Charlotte.
